Viendo olas que recuerdan a un cuerpo sin curvas, sin ondas, sin paz, sin calma. Y es que siempre habían odiado los iconos como representación de la realidad, pues ésta, no era sino una imagen multidimensional dependiente, únicamente del ojo sensible que la descubriese en cada momento. Cosas que se aprenden sin querer, mientras se está en el juego, y de las que uno no se hace consciente hasta que se prueba a sí mismo que, sin su creador, pueden ser aplicadas igualmente. Albert estaba cada vez más presente en todas sus vidas; significados cada vez más relativos. Como el mar buscaban los movimientos de la Luna que, instintivamente, les convertía en lunáticos solitarios que ahora se daban cuenta de que eran los únicos que se entendían entre sí. O quizás todo fuese más fácil, quizás. Porque para uno las canciones podían constituir por sí solas un recuerdo y para otro carecían de sentido si no se escuchaban en solitario.
Había llegado un punto en el que la relatividad era tan grande que se habían perdido las nociones de principio, medio y fin; los fines justificaban los medios y los principios, simplemente, tendían a enmarañarse hasta desaparecer.